La olla

PERSONAJES:

Acción: en Atenas

Estrenada el 194 a. C.

La acción de esta "Comedia de la olla" se desarrolla en Atenas, ante las casas del rico solterón Megadoro y de su vecino Euclión, cerca del templo de la Buena Fe. Gira en torno del miedo que atormenta a un viejo avaro, que vive angustiado ante la posibilidad de que le roben un tesoro que ha encontrado. Temeroso de que se descubra que lo posee, vive en la miseria con su hija Fedria.

 

El dios Lar

Promete ayudar a Fadria

El dios Lar de la casa de este avaro expone con todo detalle la situación: "Yo soy el dios Lar, dios doméstico de esta familia, de cuya casa me habéis visto salir. Hace ya muchos años que resido en ella y estoy encargado de su tutela... El abuelo de su actual ocupante me confió, con muchas súplicas y en riguroso secreto, un tesoro: lo enterró en medio del hogar, rogándome respetuosamente que yo se lo guardase. En el momento de morirse,... no quiso revelar el secreto a su hijo... El que vive actualmente en esta casa... tiene una hija única; ésta todos los días me reza y siempre me ofrenda incienso, vino y cualquier otra cosa y me pone coronas de flores. En atención a ella, he hecho que su padre, Euclión, haya descubierto el tesoro, para que, si quiere, la pueda casar más fácilmente. Porque la ha violado un joven de familia muy encopetada. El joven en cuestión sabe quién es la muchacha a la que él violó; ella, en cambio, no lo conoce a él; su padre ni siquiera sabe que su hija fue violada. Yo haré hoy mismo que la pida en matrimonio, para sí mismo, el viejo ese que vive ahí al lado... que es precisamente tío del joven que la forzó de noche, en la vigilia de Ceres".

Euclión

Cree que Estáfila le espía

Aparece en escena Euclión profiriendo amenazas contra su vieja sirvienta Estáfila: "Por Hércules, te voy a sacar esos malditos ojos, para que no puedas espiar todo lo que yo hago... Estoy seguro de que nunca he visto una vieja peor que ésta... Ahora iré a ver si el oro está tal como lo escondí, porque este asunto, mísero de mí, no me deja vivir tranquilo".

Estáfila comenta el raro comportamiento de su amo: "Yo no sabría decir ni puedo imaginar qué mal asunto o qué locura le ha sucedido a ..; mi amo... No sé de qué delirio es presa este hombre: se pasa en vela noches enteras; por el día, de la mañana a la noche, no se mueve de casa, como si fuera un zapatero cojo. Y tampoco sé cómo ocultarle por más tiempo la deshonra de su hija, cuyo parto es ya inminente".

Euclión se va, no sin ordenar antes a la sirvienta que no reciba a nadie en su casa.

Megadoro

Eunomia pretende casar a su hermano Megadoro

Mientras tanto, Eunomía, hermana de Megadoro, viejo solterón reacio al matrimonio, pretende casarlo.

Éste dice que está dispuesto a complacerla y que, para ello, prefiere una joven sin dote, pero virtuosa: "Antes morir que tomar esposa. Sin embargo, si quieres tú darme una esposa, me casaré con ella, pero con estas condiciones: que entre mañana en mi casa y la saquen pasado mañana... Gracias a los dioses y a nuestros antepasados, soy bastante rico... ¿Conoces a Euclión, nuestro vecino, un viejo bastante pobre?... Quiero pedir en matrimonio a su hija, que es doncella... Sé que tú me vas a decir que esta muchacha es pobre. Es pobre, desde luego, pero a mí me gusta".

Euclión casará a su hija Fedria con Megadoro

Megadoro está dispuesto a hacerlo sin dote

En un diálogo con Megadoro, Euclión le dice que él tiene una hija, Fedria, soltera y ya mayor, a la que no hay quien case, porque no puede aportar una dote.

Megadoro le contesta que está dispuesto a ayudarla y darle una dote; su generosa oferta suscita la desconfianza de Euclión, a quien Megadoro pide su hija como esposa.

Euclión cree que su vecino trata de burlarse de él: "Megadoro, me viene a las mientes que tú eres un hombre rico, influyente, y que yo soy el más pobre de entre los pobres... Ahora bien, si caso a mi hija contigo, se me ocurre pensar que tú eres un buey y yo un pobre borriquito: cuando yo estuviera uncido contigo, cuando yo no pudiera llevar, como tú, la carga, yo quedaría tirado en el barro y tú no me mirarías más que si nunca hubiera nacido. No sólo me tratarías tú con superioridad, sino que la gente de mi clase se reiría de mí".

Megadoro reitera su petición y Euclión insiste en que no tiene dote que darle. A lo que replica Megadoro: "No tienes que darme una dote. Con tal que sea de buena condición, bastante dotada está".

Euclión acaba prometiéndole a su hija en matrimonio.

Se conciertan las nupcias para ese mismo día y el pobre avaro, convencido de que su futuro yerno está enterado del hallazgo del tesoro, sale a hacer algunas compras para la boda.

Cuando Euclión comunica la boda de su hija a la sirvienta Estáfila, esta se alarma, pensando que se va a descubrir que la novia está a punto de dar a luz.

Euclión vuelve del mercado

Encuentra un enorme barullo en su casa

Vuelve de la compra Euclión y comenta lo cara que está la vida: "Por fin, he querido hacer hoy un extraordinario para regalarme un poco por la boda de mi hija: llego al mercado, pregunto por el precio del pescado: está caro; todo está caro: el cordero, la vaca, la ternera, el atún, el cerdo; todo caro... He vuelto a mi primera idea, es decir, casar a mi hija con el menor gasto posible. Acabo de comprar este poquito de incienso y unas coronas de flores; se las pondré a nuestro Lar, en el hogar, para que haga feliz la boda de mi hija".

Al volver a casa, se extraña al ver el barullo que se ha organizado en ella.

Se están haciendo los preparativos del banquete nupcial.

La generosidad del novio, que no repara en gastos, ha llenado el hogar de su novia de criados, cocineros y músicos, a los que Euclión, obsesionado por la seguridad de su tesoro, quiere expulsar sin contemplaciones, al ver en cada uno de ellos un ladrón.

Megadoro y Euclión

Euclión no se fía ya de nadie y decide sacar la olla de casa

Megadoro le dice: "Les he contado a muchos de mis amigos mis proyectos matrimoniales: todos elogian a la hija de Euclión; dicen que la mía es una buena idea y una sabia decisión".

Siguen algunas reflexiones sobre la dote, los gastos de las mujeres y otras menudencias.

Euclión echa en cara a Megadoro que le ha llenado la casa de ladrones.

Megadoro no le hace caso y añade que va a mandar traer de su casa una garrafa de vino anejo para que se alegre.

Euclión sospecha que trata de emborracharlo para quitarle su preciosa olla.

Para evitarlo, la saca de su casa y va a ocultarla en el templo de la Buena Fe.

Estróbilo roba la olla en el templo de la Buena Fe

Euclión, desconfiando de todo, regresa y recupera la olla

Estróbilo, esclavo de Licónides, el sobrino de Megadoro, expone los deberes de todo buen esclavo y añade: "Mi amo está enamorado de la hija de ese pobrete de Euclión; pero se le ha anunciado a mi amo que ésta ha sido prometida en matrimonio a Megadoro, ese ricacho de al lado. Me ha enviado aquí para que le tenga al corriente de lo que pase".

Mientras Euclión suplica a la diosa Buena Fe que vele por su tesoro, lo está escuchando Estróbilo y, cuando aquél se va, se apodera de la olla.

Pero, aguijoneado por negros presentimientos, Euclión vuelve inmediatamente al templo y sale de él tirando del esclavo, al que acusa de robarle el oro.

Euclión la esconde en el bosque de Silvano

Estróbilo le sigue

Una vez recuperada su valiosa olla, la traslada al bosque de Silvano, lugar que considera más seguro: "Estoy pensando ahora en un lugar solitario para esconder ésto. Fuera de la muralla está, lejos del camino, el bosque de Silvano... Allí elegiré un sitio..."

El esclavo comenta: "Voy a adelantarme a él, me subiré a un árbol y desde allí veré dónde esconde el oro el viejo".

Licónides

Licónides confiesa a su madre Eunomia su pasión por Fedria

Licónides cuenta a Eunomia, su madre, el amor que siente por la hija de Euclión y la apurada situación en que la ha puesto; después le ruega que convenza a Megadoro, para que éste le ceda como esposa a la joven: "Te lo he contado todo, madre; ya conoces, tan bien como yo, mis relaciones con la hija de Euclión. Ahora te ruego, te suplico, madre,...; habla del asunto con mi tío, mi querida madre".

Eunomia le promete que así lo hará: "Confío en conseguirlo de mi hermano. Además, la petición es justa, si es verdad lo que dices, que violaste a la muchacha cuando estabas borracho".

Se oyen los gritos de Fedria, que sufre los dolores del parto.

Estróbilo ha robado la olla

Licónides confiesa a Euclión que desea casarse con su hija

Aparece con la olla el esclavo de Licónides, feliz por el hallazgo del tesoro.

Euclión, en cambio, está al borde de la locura, por su pérdida.

Licónides oye sus lamentos y los interpreta como una expresión de su disgusto por el alumbramiento de su hija.

Entablan ambos un diálogo lleno de malentendidos, ya que Euclión habla de su olla y Licónides, de Fedria.

Al final todo se aclara y Licónides pide a Euclión: "Yo he cometido, lo confieso, el mal que te causa tanta pena... Un dios me empujó a hacerlo, me arrastró hacia ella... Reconozco que he cometido una falta; sé que soy culpable; por ello he venido a pedirte que me perdones... Creo que así lo quisieron los dioses: pues yo sé que, si no hubieran querido, no habría sucedido... Lo hice impulsado por el vino y el amor..."

Euclión cree que su interlocutor está hablando del tesoro; Licónides, en cambio, habla de la joven violada y continúa así:
"Tú tienes una hija... ¿La has prometido en matrimonio a mi tío?... Éste me ha encar­gado que te comunique que renuncia a ella..."

Ante las protestas del indignado Euclión, Licónides añade:
"Ahora, Euclión, te ruego por todos los dioses que, si yo, sin saberlo, he cometido una falta contra tí o contra tu hija, me perdones y me la des como esposa, tal como disponen las leyes. Reconozco que inferí violencia a tu hija durante la vigilia de Ceres, por culpa del vino y de la pasión juvenil... Al cabo de diez meses tu hija ha dado a luz: haz la cuenta... Por esta razón mi tío ha renunciado, en mi favor, a casarse con ella..."

Licónides obliga a su esclavo a devolver la olla

Fedria se casa con Licónides y Euclión recupera la cordura

El esclavo de Licónides muestra su euforia: "Tengo en mi poder una olla llena de cuatro libras de oro. ¿Quién hay más rico que yo?... Le pediré (a mi amo) que me conceda la libertad. Iré y le hablaré... He encontrado hoy, amo, unas riquezas inmensas, una olla llena de cuatro libras de oro... Se la he birlado al viejo Euclión... Ahora quiero que tú me concedas la libertad".

Pero su amo le ordena que devuelva el oro a su legítimo dueño...

Aquí termina el texto de la comedia. Algunos fragmentos y otras noticias sobre esta obra permiten suponer un final feliz: Licónides consigue recuperar la olla y se la devuelve a Euclión.

Con su devolución, éste sufre un cambio tan repentino, que, tras sensatas reflexiones sobre sus deberes de padre, se desprende del tesoro causante de tantos infortunios, dándoselo como dote a su hija, que se casa con su querido Licónides.

El viejo avaro, sin su tesoro, ha recuperado su cordura y el sueño: "Jamás estaba yo tranquilo ni de día ni de noche; ahora, al menos, podré dormir".